 Se dice popularmente que la belleza está en el ojo de quien la mira. Por esta misma línea de pensamiento podríamos decir que las cosas no existen o los hechos no ocurren a menos de que alguien esté allí para verlos, atestiguarlos.
Es que cuando leemos que la gente se le acercaba a Jesús con alguna dolencia física o emocional, para que el Maestro les ayudara con alguna cosita, sería imposible que Él empezara a repartir sanaciones, favores y soluciones a la verraca sin interesarse por cada uno de aquellos que lo necesitaran. Incluso cuando la hemorroísa furtivamente tomó el vestido del Maestro, Él exigió saber quien lo había tocado, quería conocer a aquella mujer; quiso verla y también que ella lo viera. Cuando miramos, nos relacionamos con los demás. Por eso, para Jesús es necesario mirar, aunque esté incluido o no el sentido de la vista. Es que cuando Jesús mira, lo hace con ojos de Amor. Así supo llevar a la realidad aquello que anunciaba Juan en el desierto: “volverse a Dios”. Y como Dios ocurre en todos, y en los más pequeños aún más, entonces hay que volverse a todos. Así, haciendo un sencillo gesto de mirar al otro, estamos haciéndole visible lo que Dios siempre ha hecho amorosamente: mirarnos y admirarse de su obra. Así pues, entendemos que en el asunto de volver la mirada está implícito el restituir la dignidad al otro como hijo de Dios. Por eso, cuando volvemos la mirada hacia el prójimo, así estamos siendo con los demás como Dios es con nosotros. Testigos de nuestra existencia. Sí, Dios también necesita ser atestiguado pero no para existir sino para que sea realidad para los demás. Muchas veces nos cuesta reconocer en nosotros mismos a ese Dios que todo lo mira amorosamente y, por lo tanto, aún más difícil encontrarlo haciendo lo mismo en los demás. Allí es cuando la comunidad se hace presente, es decir, Jesús hace presencia en comunidad, y empezando como Él empezaba, mirando, tierna amorosa y pacientemente, nos va restituyendo nuestra dignidad. Por eso cuando Dios nos mira, lo que ve es pura belleza, su creatura más querida. Así somos bellos, no porque nos consideremos como tales sino porque Dios nos está mirando. Si Dios es amor y todo lo ve con amor, al mirarnos nos hace bellos devolviéndonos nuestra dignidad, no perdida, sino más bien olvidada. Sus ojos nos ayudan a reconocernos bellos. Y tomando consciencia de esto, también vamos ayudando para que Dios sea Dios para los demás. Volverse a Dios, allí donde Él ocurre, en cada uno y en los demás. Porque mirándonos, Él va siendo testigo de nuestra vida, por lo tanto, mirándolo vamos siendo sus testigos de que ocurre en la historia del ser humano. |